24/12/21

Tormenta y amor en los Andes


Escribe:  Anibal Arredondo

No sé, si me voy a expresar bien, al escribir este artículo trataré de hacerlo con las mismas palabras que empleo todos los días. Sin caer en lo irreal, que solo existe en la imaginación.

No es un cuento, es real. Por eso antes de seguir adelante, no será malo trabar un enlace de elementos e ideas con las que voy a contar. Sobre dos protagonistas de espíritu universal viviente.

Desempolvando papeles de un pasado ancestral u origen antiguo; que al leerlo me hizo vivir intensamente ya que contiene un testimonio vivo, donde la gente vivía en diferentes mundos en un solo teatro. Una dramática que saborea las hieles del destino caprichoso; y la otra donde el amor a la humanidad es una abstracción por tener siempre la razón.

El título de propiedad del pasado siglo, pertenece a un hombre de influencia de entonces, cuyo nombre eludiré, no verbalizaré su pasado. Sería un error.

El fundo alpaquero de este personaje tiene un área de ONCE MIL HECTÁREAS, está a una altura de 4500 m.s.n.m. En el piso ecológico más alto de su geografía, "Rupa-Rupa", según Pulgar y Vidal, denominado ORKONTAQUI, jurisdicción de Haquira-Cotabambas-Apurimac. No presento a Haquira como un todo.  Haquira se presenta sola. Creo que a los pueblos no debemos mirarlos nunca en un espejo. Todo pueblo tiene sus encantos.

En Haquira los primeros hacendados fueron los Jesuitas de la Santa Inquisición, los segundos los Curacas, y los terceros los que podían contribuir a la Corona en la Península Ibérica.

En el predio Orkontaqui, gélida tierra, donde el frío cala hasta los huesos, vivían muchas familias en forma permanente, cada una en lejanas estancias. A orilla de los ríos, junto a roquedales, cerca al nevado, lejos de las aguas termales azufradas, etc. ¡Tenían razón! Las distancias obviaban que sus alpacas y la del patrón no se mezclarán, y así evitaban pleitos entre familias pacíficas de una vida pura y honrada.

La condición de estos habitantes en el feudo era de colonos, es decir usufructuaban tierras que no eran suyas pese a vivir en dichas zonas desde sus ancestros. Pagaban con los servicios de pastoreo de los bienes del propietario, repartidas por majadas de alpacas a cada familia, bajo inventario numerado y señales en los animales.

La palabra "colono" en este siglo, causa cierto conflicto, irrita, porque irremediablemente es como una enfermedad del ser humano que somete a otro.

El contacto entre el propietario y los pastores no era permanente, si no cada mes de diciembre, en época de cosecha de lana, recuento de los semovientes y saca de los animales viejos. Si había pérdidas los cargaba al pastor.

La ignominia era que los pastores, tenían que trasladar la cosecha a la ciudad de Arequipa, en un tiempo de 20 días o más de viaje, por caminos escabrosos y frígidos hasta descender al valle. Tenían la consigna de alojarse en el Tambo de Ruelas en Yanahuara de aquella ciudad. El hacendado se movilizaba por tren desde la ciudad de Cusco; a convertir la lana en dinero. El dinero es la “lampara de Aladino”. Para los alpaqueros allí terminaba el año y se iniciaba otro en la misma forma y condiciones.

Los alpaqueros de Orkontaqui, pese a todo, gozaban de suficiente economía. La fibra de alpaca estaba en  un momento de elevación  de precio, calzaban zapatos “Boston” arequipeño. Todo les llegaba a la puerta de su casa, víveres, panes, aguardiente, hasta fruta para trueque con lana de alpaca.

Los alpaqueros hombres y mujeres eran de estatura pequeña. ¿Quizá por la presión de la altura? Podría requerirse de un GENEALOGISTA, que estudie el linaje de estas personas. Eran robustos como tallados en roca vieja, dotados de excelente vista. Poseían mucho de fetichismo, de supersticiones y de inquietud mística. Mediante su idioma, el quechua (monolingüe), solo hablaban con sus dioses; eran de carácter fuerte como sus montañas. El vergel de sus mujeres se ocultaba entre sus corpiños de bayeta roja, una manta oscura desde la cabeza hasta la media cintura como las musulmanas.

Como cualquier humano tenían días tristes y días alegres. Para ellos el tiempo era el espacio entre sus recuerdos. Valoraban más la masculinidad que la feminidad por razones biológicas, culturales y utilitarias. Los alpaqueros no tenían ninguna fuente de información, por lo menos escasa. Eran ignorantes, no tenían conocimiento alguno. La ignorancia les ahogaba al no poder digerir ni elaborar al expresar sus sentimientos, sus problemas, sus quejas en otras instancias. No era suficiente su cultura natural.

Su dolor se apaciguaba con la alcalina de la coca sagrada, que nunca faltaba en la faltriquera colgada al cuello. El alcohol ardía como su vida, por qué la coca les adivinaba que, el destino siempre ha querido que el débil  quede sometido al poderoso.

El padre, que por su edad y sabiduría poseía autoridad familiar, comprendía y sabia de la vida sexual de sus hijos adolescentes; y por ello, había que buscarle una mujer que le alegre la vida. Las hijas mujeres esperaban algún arreglo de convivencia con hombres de lejanas estancias, sentenciadas a no volver nunca a su hogar.

La futura nuera, tenía que ser preferida por su economía, para engrosar la fortuna del hombre. ¿Cuánto costaba esa esa mujer?  Un arreglo, aguardiente, coca y algo más. La quinceañera con las venas ardientes de hormonas era sometida a una vida temporal a prueba con el nombre de "Sirvinacuy", mientras haya señales de comprensión conyugal y siempre que esté apta para procrear hijos. Ellos tenían un fin utilitario. El hijo estaba criado de otra forma. “Arrogante”, como solo los imbéciles pueden serlo. Se sentía adulto como si fuera desde hace mucho tiempo.

La joven arrancada de su familia era una humana más confinada a la superficie de la tierra. En una tarde de brumas y llovizna, dejaba su casa y a sus padres. Al trote de caballos, percibía  la presencia quieta de los nevados, los cerros, los arenales inalcanzables .Veía declinar el Sol besando la cima de las colinas. Era una historia de amor de las que podría hacer llorar.

Benedicto, joven como un sol matinal sabía que el amor era como un vértigo sin medida. También pensaba que era un sacrificio como la última palabra del todo.

La mujer había encontrado el terror, por lo extraño, lejano, misterioso y desconocido del lugar donde la habían llevado. Su pensamiento después de vagar por los oscuros rincones de su nuevo aposento, le invadía de amarga tristeza.

Llegada la oscura noche sentía un miedo físico verdadero, porque al fin era el encuentro con el hombre que nunca había conocido, ni amado. Para él nada existía e iba encontrar la virginidad en la adolescente; en un acto obligado a realizar,  el acto sexual por la fuerza. ¡Esto es más que un crimen! El tortuoso romance plagado de incidencias escabrosas había sido superado en el tiempo. Habían engendrado hijos, y, el Sirvinacuy había terminado. Y, ya pensaban en el matrimonio, con una educación mística natural nacida de ellos; después de haber llegado a percibir y apreciar el sentido familiar.

Toda esa vida habían vivido de su patrimonio, las alpacas, apacentadas entre ventiscas con dura insistencia sobre el pasaje desolado de la cordillera. Los "Quibios" (aves corredoras de alas cortas) anunciaban la llegada de la tormenta y el rebaño con el poderoso instinto de supervivencia habían caído a tierra, como si ocultara sus antenas de la carga eléctrica. Un trueno descargó cerca de Gregoria como un dragón y, sintió temblar el suelo bajo sus pies. Ella y su niña en la espalda se habían amparado en una cueva. Las centellas de los relámpagos cegaban sus ojos.

La existencia de la materia prima (fibra fina) y la tradición alpaquera, hizo que Gregoria no tenga limitaciones de acceder a las artes del tejido. Ella hilaba y tejía los ponchos y las mantas (llicllas) con vistosos colores en las que plasmaba figuras típicas del lugar.

Esta familia había perpetuado su raza, creado nuevas generaciones hasta llegar a la frontera de su existencia.

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