Escribe: Anibal Arredondo
Todos
tenemos, una fecha, un mes, que el calendario marca nuestro advenimiento a este
mundo. TUCIDES dice, ”A este mundo que el destino siempre ha querido que el
débil queda sometido al poderoso”. Si
nacemos y vivimos y la vida nos tolera y no limita viviremos marcando y
festejando el día de nuestro nacimiento y como hombres nos convertiremos en responsables
de nuestro destino.
El
regalo de cumpleaños es una tradición en familias ricas, poderosas, monarcas,
pobres y muy pobres. Aquí manda la economía. Los ricos entregan las llaves de
un coche nuevo, un viaje en crucero o una estadía en playas exóticas por vacaciones. El pobre ofrecerá algo que comer y beber
siquiera un “tecito” con un trozo de torta. Esa es la igualdad.
El día
de cumpleaños recordamos con un resumen del año que se va, con ciertos
detalles; arrepentimiento de haber cometido errores, fracasos y éxitos,
pasiones, toda una “mea culpa” una gran
alegría de que contamos también con algunas virtudes y no solo defectos; por
que nadie que nace y vive en una naturaleza como la nuestra y recurriendo a
toda imaginación vivida podemos abstenernos
de ser vulnerables al profundo denominador común de éxitos y fracasos, por que
nada surge de la nada. Como dice “Kant” La humanidad no es más que una madera
torcida y áspera y nosotros debemos intentar pulirla”.
Voy
al grano. Era un tres de mayo del 2019 cumpleaños de la mujer más importante de
mi familia; mi esposa. Alguien había pedido el ascensor del piso 12 puerta cuatro,
sonó el timbre y llego la primera visita del día. Era mi hija, siempre elegante desde que nació,
y su esposo abogado Provo que representa a muchas compañías aéreas que surcan
los cielos del mundo. Portaban una hermosa jaula que contenía un canario, un
copo amarillo de ojos negros vivos de mirada penetrante. Al verlo mi mente
repaso el libro de Gabriel García Márquez en el que Aureliano Segundo regala
cuarenta canarios a Úrsula, mujer que andaba al garete, sin afectos, sin
ambiciones, como una estrella errante en el sistema planetario.
Bueno
eso es novela, esta vez era un solo canario verdadero que recibía Alejandrina,
pero era un canario frágil; como la fragilidad en la que vive gran parte de la
infancia, con hambre y enfermedad.
Frágil
como tantas personas viven el día, frágil como los que tienen que alquilar su
trabajo por horas a un precio irrisorio. Todo es frágil, todo el mundo parece
hoy ser frágil. La fragilidad de las aves. Debería prepararse la captura y el
castigo para quien mate a cualquier avecilla.
Nuestros
interlocutores nos hizo saber que lo habían comprado con prisa en una pajarería
con el nombre de “Pericles”; así rezaba el comprobante de pago. Al ver este nombre
en una avecita tan diminuta de aquel hombre el más sabio entre los hombres del
mundo, que sus ciudadanos atenienses explicaban la grandeza de su pueblo, de su
ciudad, y se narraba las guerras entre Atenas y los Poliposenesios. Todo es
irrefutable para la historia.
Esa
mañana maravillosa de cielo azul español, de un brillo deslumbrante, los
visitantes entregaron con abrazos, palabras con el mejor deseo de felicidad.
Pericles,
el canario, había ingresado en una familia organizada, estable y equilibrada;
pero como toda estructura formada por humanos no está libre de imperfecciones.
Sin
caer en chauvinismo soy una persona que amo la libertad, nunca me ha gustado aves
en cautiverio o a cualquier otro animal, en zoológicos, circos donde la gente goza,
siente placer de ver seres vivos en prisión fuera de su hábitat. Otros ven lo
contrario, son libertarios pero ambos les une un lazo natural.
Mi
libertad me aleja de religiones opresoras. Si llegara a ser estudiante de
alguna religión, seguro que saldría desaprobado por que no sabría demostrar la
existencia de Dios. Eso es lo que sigue manteniendo en la oscuridad de la
ignorancia a lo largo de cientos de años a la humanidad.
El
canario no era mío, si no de mi esposa de por vida; Alejandrina
Bocangel, y yo no tenía derecho de libertarle. El tiempo hizo que el canario
resultara el mejor compañero y amigo en momentos de soledad. era un miembro de
familia muy querido, interrumpía las llamadas telefónicas con su trinar,
gustaba de la música, sus canciones de gratitud agonizaban de amor a cualquier
hora, era un tenor, revelaba mansedumbre y exigía buena comida. Solo comía
alimentos completos y vitaminizados, picaba lechuga solo de la variedad “roma”
y bebía agua de botella”.
Cuantas
veces la jaula había quedado abierta y no se fue. No se liberto por que era agradecido.
La jaula era su patria, su casa donde había nacido, y no quería migrar a
lugares desconocidos. Estaba siempre alegre, valiente, nunca triste, nunca
desalentado, fiel a sus dueños y agradecido a su suerte.
Todos
sabemos que toda vida tiene un fin. Un día lo vimos mustio; no canto, no
revoloteo como cuando notaba que la chapa de la casa sonaba y llegaban sus
dueños. Entonces lo llevamos a la clínica de aves exóticas, le tomaron la
presión, le colocaron una inyección, pero no le detectaron ese sordo dolor en
el corazón. La muerte no le dijo nada cuando iba a morir y escogió un día que
le dejamos en el piso para un paseo dominical. Al volver notamos su mutismo y
el canario agonizaba. Al vernos abrió el
pico seco, trasteado por la muerte, su voz de hilo de ultratumba salió por última
vez afinada y murió.
Sabemos
que existe una conexión con algo que queremos y estamos tristes por su muerte;
pero hemos aprendido que quien no ama a los animales no sabe vivir..
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